ACEDÍA: CRISIS DE LOS 40 O ENFERMEDAD DEL DESENCANTO-parte 1

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Dentro de las diversas enfermedades espirituales, hay una a la que los Padres y Madres de la Iglesia (PMI) conceden una especial atención por la la centralidad que tiene en el recorrido creyente y la gravedad de sus consecuencias y, la acedía. 

Se trata de una enfermedad situada en la mitad de nuestras vidas. Por eso se le denomina “demonio meridiano”, en referencia al Salmo 91,5-5: “No temerás… el azote que devasta a mediodía”, el período de mayor calor en el desierto. Evagrio Póntico, monje del s. IV y gran analista de esta pasión, la describe así: “El demonio de la acedía, también llamado ‘demonio del mediodía’, es de todos los demonios el más gravoso. Ataca al monje hacia la hora cuarta y asedia su alma hasta la hora octava”, Tratado práctico 11. Hoy se prefiere hablar de crisis de los 40, aunque pueda prolongarse hasta mucho más adelante (cf Javier Garrido, Adulto y cristiano: crisis de realismo y madurez cristiana, Sal Terrae 1997, libro más que recomendable). 

Algunos síntomas por lo que podemos descubrir esta pasión son el cansancio, el desánimo, la pérdida de las ilusiones, una insatisfacción vaga y generalizada que va apoderándose de nuestras vidas. Aparece de improviso, sin que hayamos hecho nada, comienza con lo afectivo, se traslada a lo psíquico y acaba por instalarse en lo espiritual. 

Entre las causas que generan la acedía suele encontrarse el activismo, una cierta frialdad religiosa (encubierta a veces en racionalismo), la rutinización de nuestra existencia o la frustración por proyectos personales y comunitarios en los que hemos puesto excesiva confianza. 

Los efectos patológicos más evidentes se expresan: a) en el ámbito corporal por el descuido o abandono por todo lo relacionado con el cuerpo (aunque a veces pude encubrirse por la obsesiva preocupación por el cuidado del body). B) en el campo psíquico: con la búsqueda de la comodidad, el centramiento del deseo sobre mi yo, nos volvemos incapaces para hacer o proyectar cosas que exijan continuidad, se produce un disgusto de cara a un@ mism@ y a los demás que se intenta compensar por el cambio continuo de actividades, relaciones y situaciones, para escapar de esta soledad interior.  

Evagrio escribirá con su habitual perspicacia: “Al principio, [la acedia] hace que el sol parezca avanzar lento e incluso inmóvil y que el día aparente tener cincuenta horas. A continuación, le apremia a dirigir la vista una y otra vez hacia la ventana y a saltar fuera de su celda… Además, le despierta aversión hacia el lugar donde mora, hacia su misma vida y hacia el trabajo manual; le inculca la idea de que la caridad ha desaparecido entre sus hermanos y no hay quien le consuele… Este demonio le induce entonces al deseo de otros lugares y ejercer un oficio más fácil de realizar y más rentable”, ib. 

Pero donde son más dañinos los efectos es c) en el ámbito espiritual, donde nos volvemos indiferentes a la acción de Dios en nuestra vida y en nuestra historia y nos alejamos de los caminos del Espíritu, llenando de “ruidos” nuestra existencia. 

Es una enfermedad que cuestiona todas nuestras realizaciones anteriores, produce una cierta añoranza por los “años pedidos”, culpabiliza sistemáticamente a los demás y considera que nuestros objetivos son irrealizables, proponiendo a cambio mundos ideales y fantasías adolescentes que olvidan el espesor de la realidad. Así: “Añade a estas cosas también el recuerdo de su familia y del modo de vida anterior y le representa la larga duración de la vida, poniendo ante sus ojos las fatigas de la ascesis; y, como suele decir, pone todo su ingenio para que el monje abandone su celda y huya del estadio”, ib.  

No se trata, sin embargo, solo de una enfermedad individual, sino que tiene su vertiente social. Y si alguien piensa que no la tiene es, precisamente, porque está tan en su interior que no es capaz de descubrirla. 

TO BE CONTINUED (con la terapia).