A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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BIBLIANDO: «El Dios que hace reír» por Ianire Angulo, ESSE

El Dios que hace reír

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Con demasiada frecuencia confundimos, identificamos, lo importante con “lo serio” y de ahí que, cuando pensamos en Dios, pensamos que es Alguien con poco sentido del humor y del que hay que hablar con el ceño fruncido. En cambio ésta no fue la experiencia creyente que vivió Sara, la mujer de Abrahán y madre de la fe. Así nos lo cuenta el libro del Génesis:

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Gn 18, 11-14; 21, 5-6

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Abrahán y Sara eran viejos, entrados en años, y a Sara se le había retirado la regla de las mujeres. Así que Sara rio para sus adentros y pensó: “Ahora que estoy pasada, ¿sentiré el placer, y además con mi marido ya viejo?”. Dijo Yahvé a Abrahán: “¿Por qué se ha reído Sara, pensando que ahora de vieja no puede parir? ¿Hay algo difícil para Yahvé? En el plazo fijado volveré, al término de un embarazo, y Sara tendrá un hijo. […]

Abrahán tenía cien años cuando le nació su hijo Isaac. Dijo Sara: “Dios me ha dado de qué reír: todo el que lo oiga reirá conmigo”.

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La hospitalidad es una característica habitual de los pueblos nómadas, por eso no es extraña la cálida acogida que Abrahán y Sara hacen a unos misteriosos visitantes que se acercan hasta ellos (Gn 18, 1-2). Cuando estos viajeros aseguran a sus anfitriones que en nueve meses ambos ancianos serán padres, a Sara le resulta inevitable que se le escape una “sonrisilla” ante la idea de que el Señor va a regalarles un hijo cuando ya están entraditos en años. El motivo de la risa de Sara es que, mirándose a sí misma y a su marido, se da cuenta de que por ellos mismos es imposible que se realice lo prometido por Dios. ¡Cómo van a tener ahora un hijo! La promesa divina hecha al patriarca de ser “padre de un numeroso pueblo” parece quedar en agua de borrajas. Con todo, y en contra de cualquier lógica, Isaac nacerá nueve meses más tarde.

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viejitos riendoLo que vivió la matriarca Sara es que Dios hace reír con sus propuestas pero que, cuando se experimenta el modo “desconcertante” de actuar del Señor, la risa se convierte en contagiosa. Cuando reconocemos el empeño divino por sacar vida de lo que parece estéril y por romper nuestras expectativas para ir más allá de lo que hubiéramos esperado, también nosotros reímos con Sara.

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Algo parecido a lo que le sucede a Sara nos pasa también cada vez que nos quedamos sólo en nuestras propias capacidades en vez de contar con lo que el Señor es capaz de hacer en nuestras vidas y a través de nosotros, si le dejamos un resquicio de confianza en que nada es difícil para Él.

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Y es que lo de Jesús también es digno de carcajada: elegir a una panda de pescadores analfabetos como discípulos que encima le dejan solo en el peor momento (Mc 14, 50), pretender convencernos de que lo pequeño es más fuerte que lo grande y que lo nuestro es ser como un grano de mostaza (Mc 4, 30-32), que para ganar la vida hay que perderla y que lo que nos venden como “ganancia” no es sino la bancarrota total de nuestra existencia (Mc 8, 34-35)… También a nosotros nos hace mucha gracia escuchar estas locuras del Galileo pero, cuando hacemos experiencia de la verdad de sus palabras ¡nos dan ganas de que todos rían con nosotros!

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Ianire Angulo Ordorika,  ESSE

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