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BIBLIANDO: "La alegría de Dios" por Ianire Angulo, ESSE - Acompasando

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A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

BIBLIANDO-ALEGRIADIOS

BIBLIANDO: «La alegría de Dios» por Ianire Angulo, ESSE

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La alegría de Dios

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Si os dais cuenta, siempre andamos fijándonos en nuestros motivos de gozo y en nuestra actitud ante la vida, pero no estaría mal que cambiáramos la perspectiva y prestáramos atención a qué es aquello que provoca la alegría al mismo Dios. Porque si Él hace reír, como nos contaba Sara el mes pasado, es que no le falta sentido del humor. Jesús es el que nos muestra lo que se “cuece” en el corazón del Padre y el que nos revela lo que le hace brotar una sonrisa bien ancha. Así lo cuenta Lucas en su evangelio:

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Lc 15, 4-7

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¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra? Cuando la encuentra, se la pone muy contento sobre los hombros y, llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido”. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

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Como somos “urbanitas” y más de ciudad que una alfombra, lo que esta parábola nos cuenta nos resulta de lo más lógico y normal, pero cualquiera familiarizado con el cuidado del rebaño se sorprendería de que el pastor ponga en riesgo a noventa y nueve ovejas por buscar a una de ellas. Y este gesto resulta aún más ilógico si se conoce algo del relieve de Palestina y el peligro que supondría dejar solo a la mayoría del rebaño en medio del desierto. La respuesta espontánea a la pregunta que lanza Jesús a su público, “¿Quién de vosotros…?”,   es un “ninguno” rotundo.

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Pero este ejemplo asombroso y muy distinto de lo que dicta cualquier lógica racional le sirve a Jesús para permitirnos asomarnos al corazón del Padre. Después de la búsqueda desesperada del dueño, el encuentro le llena de un gozo que quiere compartirse y hacer fiesta. Da igual si la oveja se ha perdido por díscola, por torpe o por despistada… lo único importante es volver a ponerla cuidadosamente sobre sus hombros y regresar a casa con ella. Hallarla se convierte en un motivo más que suficiente para convocar a todos a festejar con él. Según la parábola, la alegría de Dios tiene todo que ver con “lo perdido”, con su empeño por salir a buscar y recuperar a quienes se sienten lejos, fuera, torpes para vivir, pecadores hasta la médula, incapaces de amar de forma gratuita…

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Estamos acostumbrados a que en cuaresma se nos recuerde que es tiempo de volver a lo importante de nuestra vida, de poner el corazón en el Señor de nuestra historia… de, en definitiva, reconocernos muy “perdidos” en lo que supone seguir a Jesucristo y conjugar el verbo amar en todos sus tiempos, modos y personas. Pero quizá nunca se nos ha ocurrido pensar que este sabernos despistados es, en realidad, la condición de posibilidad de que haya alegría en el cielo.

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Quien falsamente cree que nunca se ha extraviado, que está siempre en lo cierto y que, con sus más y sus menos, resulta intachable, está abortando la causa de gozo de Dios. Sólo cuando reconocemos que tenemos necesidad de convertirnos, de volver el corazón a Quien nos da vida, hacemos posible que el Padre salga a nuestro encuentro, nos busque por todos los rincones, nos cargue con amor en sus hombros y se llene de una alegría contagiosa.

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Ianire Angulo Ordorika,  ESSE

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