A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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BIBLIANDO: «La causa de nuestra sonrisa» por Ianire Angulo, ESSE

No sé si alguna vez os habéis fijado en las caras de la gente que os rodean en el autobús, en el metro o en el tren. El gesto menos frecuente entre esas personas que por las mañanas corren de un lado para otro es la sonrisa. Quizá se las borra de sus rostros el sueño, las prisas, las preocupaciones o los quehaceres… pero ¿cuál es el motivo de nuestra sonrisa? ¿Qué es lo que dibuja en nuestros labios ese gesto? El profeta Sofonías nos da la clave:

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Sof 3, 14-18

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¡Grita alborozada, Sión, lanza clamores, Israel,

celébralo alegre de todo corazón, ciudad de Jerusalén!

Que Dios ha anulado tu sentencia, ha alejado a tu enemigo.

¡Dios, Rey de Israel, está en medio de ti, ya no temerás mal alguno!

Aquel día se dirá a Jerusalén:

¡No tengas miedo, Sión, no desfallezcan tus manos!

Yahvé tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso salvador!

Exulta de gozo por ti, te renueva con su amor;

danza por ti con gritos de júbilo como en los días de fiesta.

Apartaré de tu lado la desgracia, el oprobio que pesa sobre ti.  

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El momento en el que Sofonías dirige estas palabras al pueblo no es precisamente halagüeño. Seguro que más de uno le miraba de reojo por atreverse a decir este oráculo en un momento histórico en el que Israel se veía sometida a un gran imperio y cuando muchos se veían obligados a vivir fuera de su tierra y de su nación. Si decimos que el país estaba “en crisis” seguro que lo entendemos bien. Sofonías, como todos los profetas, lanza un mensaje casi escandaloso en ese momento: Dios está saltando de gozo en medio de su pueblo.

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Seguro que a muchos “judíos piadosos” les resultó irreverente que hablara de Yahvé como alguien que salta, que grita de alegría, que nos quiere y baila de gozo como si fuera la verbena del pueblo… pero ¡así se siente Dios cuando nos mira! Él está en medio de nuestra vida cotidiana, buscando salvarnos y sacar lo mejor de nosotros, ocupado y preocupado por defendernos y renovándonos por dentro a golpe de ternura. Si Él, que conoce nuestros rincones oscuros y nuestras miserias, se pone así de contento cuando nos mira ¿por qué no acabamos de creer que somos dignos/as de ser amados  así? Si fuéramos conscientes de cómo se siente el Señor ante nosotros y de que nos acompaña cada día con su Presencia silenciosa ¿cómo podríamos tener miedo? ¿cómo nos cansaríamos de poner nuestras manos a su servicio? ¡No tengas miedo, Sión, no desfallezcan tus manos!

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Cada vez que alguna preocupación, que el sueño o que el cansancio borra la sonrisa de nuestra cara es porque se nos ha olvidado que no estamos solos, que el Dios que nos ama con locura y que baila de gozo al mirarnos camina a nuestro lado y nos cuida misteriosamente… aunque no siempre lo haga como nosotros desearíamos. Demasiada gente a nuestro alrededor no tiene la suerte de saber que el Señor “da botes” de alegría por cada uno, no se le ha regalado conocer que están en Buenas Manos, que son amados y salvados por un Amor fuera de serie. ¿Y si se lo decimos nosotros? Posiblemente la forma más elocuente de contarlo es con el gesto revolucionario de sonreír siempre, a todos y cuando nadie lo hace… porque nosotros sí sabemos de dónde brota nuestra alegría, sí sabemos cuánto nos ama el Señor.

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Ianire Angulo Ordorika,  ESSE

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