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BIBLIANDO: «Palabra y Espíritu resucitadores» por Ianire Angulo, ESSE

En estos días de Pascua celebramos por todo lo alto la Resurrección de Jesús. No sé si a vosotros os pasa, pero yo, ante el Resucitado, tengo la sensación de que “se me escapan” muchas cosas. Pero, aunque está claro que estamos ante un acontecimiento cualitativamente distinto a lo que podemos encontrarnos en el Antiguo Testamento, hay un texto del profeta Ezequiel que puede iluminar la experiencia Pascual.

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Ez 37, 4‑7

Entonces me dijo: “Profetiza sobre estos huesos. Les dirás: Huesos secos, escuchad la Palabra de Yahvé. Así dice el Señor Yahvé a estos huesos: he aquí que yo voy a hacer entrar el espíritu en vosotros, y viviréis. Os cubriré de nervios, haré crecer sobre vosotros la carne, os cubriré de piel, os infundiré espíritu y viviréis; y sabréis que yo soy Yahvé”. Yo profeticé como se me había ordenado, y mientras yo profetizaba se produjo un ruido. Hubo un estremecimiento, y los huesos se juntaron unos con otros

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Del profeta Ezequiel no sabemos mucho. Sí que estaba en Babilonia junto con otros deportados cuando destruyeron el Templo de Jerusalén (s. VI a.C.). Ejerció de profeta en medio de la desilusión y el desánimo que reinaban entre quienes se habían visto obligados a abandonar su tierra para vivir en un país extranjero y empezaban a darse cuenta de que esa situación iba “para largo”.

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El pueblo elegido se sentía como un montón de huesos secos, sin vida por dentro e incapaces de vivir “en pie”. Derrumbados por las circunstancias. Seguro que en algún momento nos hemos sentido del mismo modo: vencidos por el desánimo, la impotencia o unas situaciones que no sabemos manejar y que nos desbordan. Como los israelitas en el destierro, también hemos podido experimentar que nos faltaba vida “por dentro”.

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El pasaje, más que contar algo que le sucediera al profeta, intenta expresar cómo vive él su misión. Dios lo envía a transmitir la Palabra de Dios, que es capaz de vivificar hasta lo más muerto del nosotros. Su Palabra, que siempre va acompañada del Espíritu, se convierte por boca del profeta en el estímulo necesario para que un montón de huesos secos se conviertan en seres vivientes, dignos, en pie… ¡como Dios nos sueña!

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La imagen del pasaje de Ezequiel es muy “gráfica”. A nuestro alrededor hay muchos campos llenos de “huesos secos”. De situaciones contrarias a lo que Dios sueña para la humanidad, de personas que sufren, de realidades que no deberían ser como son… de muerte. Como el profeta, también nosotros estamos llamados y llamadas a anunciar una Palabra capaz de consolar y reavivar tanto “hueso seco”.

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Aunque quizá no sea muy evidente, todo ha cambiado a partir de la Resurrección de Jesús. En realidad esto es lo que celebramos en Pascua: Aquél que es la Palabra encarnada, Jesucristo, ha vencido a la muerte, que ya no tiene poder (aunque no siempre lo parezca). Como dirá luego la carta de Pedro: “Como era hombre, lo mataron; pero como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida” (1Pe 3, 18). Palabra y Espíritu van de la mano para vivificar, poner en pie, dignificar… y proclamar que el Amor es más fuerte que todas las “muertes”.

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La alegría de este tiempo de Pascua tiene que ver con reconocer que la Palabra nos promete su mismo Espíritu que nos moviliza por dentro para, como el profeta, hacer que nuestra existencia sea cauce de la vida de Dios.

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Ianire Angulo Ordorika,  ESSE

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