A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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BIBLIANDO-JULAG

BIBLIANDO: ¿por qué lloras… ¡MARÍA!? por Luis Melchor

Jn 20, 11-18

¡He visto al Señor!

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En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan: – «Mujer, ¿por qué lloras?»

Ella les contesta: – «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»

Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.    

Jesús le dice: – «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: – «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»

Jesús le dice: – «¡María!»

Ella se vuelve y le dice: – «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!»

Jesús le dice: – «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.»»

María Magdalena fue y anunció a los discípulos: – «He visto al Señor y ha dicho esto.»

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¿Cómo se puede vivir? Si uno no ha encontrado el amor de su alma… ¡es para echarse a llorar! Ahora que llega el verano, nos resulta muy fácil estar distraídos todo el día… pero al final, hasta el descanso llega a cansarnos. Al final, si no encontramos el amor de mi alma, ese amor que llena la vida de significado, de intensidad, de calor… es para echarse a llorar.

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Creo que es un gran consuelo que esto le haya sucedido a María Magdalena. Así, nos podemos dar cuenta de que no existe ninguna condición previa, no hay necesidad de esta a la altura de nada, no hace falta ninguna dote particular… ¡Se necesita buscarle! Lo vemos continuamente en el Evangelio: Zaqueo, la Samaritana, la Magdalena… ¿Qué podemos aprender de ellos? Que son hombres que le buscan. Y esto es lo que necesitamos cada día de nuestra vida: despertarme para buscar al amor de mi alma.

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Y de repente, cuando estamos en mitad de esta búsqueda, le escuchamos: «¡María!». ¡Qué asombro! ¡Cómo ardería su corazón! Es como si toda la ternura de Dios llegara hasta ella para que pueda reconocerle. En aquel momento, la Magdalena comprendió quién era ella. No se trata de una teoría, de un discurso o de una explicación: se trata de un impacto en el corazón. El mejor resumen de esta experiencia la encontramos en el papa Francisco: “Soy un pecador en quien el Señor ha puesto sus ojos. (…) Soy alguien que ha sido mirado por el Señor”.

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Y ahora estamos en disposición de poder responder: «¡Maestro!» Al oír su nombre, ella se vuelve y le reconoce. Esto es la conversión: reconocer a nuestro Maestro. Es responder al amor que Dios me tiene al pronunciar mi nombre. Llena de asombro, María no pudo evitar decir: «¡Maestro!»

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¿Quieres saber cuál puede ser nuestra mejor preocupación este verano? ¿Quieres saber a qué dedicar el tiempo de este verano? Despiértate para buscar al amor de tu alma; sorpréndete cuando el amor de tu alma te encuentra y te llama por tu nombre; asómbrate porque le puedes mirar a la cara y reconocerle como Maestro. Y esto, cada día, en cada circunstancia… porque Él te está esperando.

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Luis Melchor

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