20190624-min
Ianire Angulo Ordorika

Ianire Angulo Ordorika

Brisas y huracanes

Resulta inevitable que el final de curso tenga cierto sentido de balance sobre lo que hemos llenado nuestro tiempo. En estos casos, siempre me acuerdo de Elías (1Re 19,1-14). El relato bíblico nos cuenta cómo este profeta llegó hasta el monte Horeb y se le pidió que esperara el paso de Dios. El caso es que, aunque hubo un terremoto, un viento huracanado y fuego, no era ahí donde tenía que encontrar al Señor. Solo cuando pasó una brisa suave, Elías reconoció que ahí estaba presente Aquel que le daba sentido. El Todopoderoso no se acercaba a él con la potencia de esas fuerzas de la naturaleza, sino en un suave viento que podría haber pasado desapercibido.

Y a mí me da la sensación de que también nos puede pasar a nosotros algo parecido a lo de Elías, porque si miramos hacia atrás en estos meses vividos es fácil que nos vengan a la cabeza los acontecimientos más llamativos. Las situaciones, personas y realidades que, por un motivo u otro, han hecho “mucho ruido” en nuestra vida. Y aunque esto es importante, no debería acallar otras circunstancias que, aunque han sido suaves y discretos como la brisa que envolvía al profeta, también manifiestan la presencia de un Dios que se acerca, que camina a nuestro lado y que no suele ser amigo de ruidos ni efectos especiales.

Quizá así, afinando la mirada a lo discreto de nuestra existencia, podremos descubrir rostros que, sin llamar la atención, se han hecho importantes para nosotros, o pequeños gestos cotidianos capaces de iluminar y dar color a lo gris que tiñe con frecuencia nuestro día a día. Suaves brisas que, si sabemos mirar como Elías, nos harán reconocer que nuestros están transidos de vida y de la compañía del Señor.

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