A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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Como María Inmaculada, afrontar el miedo desde la fe

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“Señor y Dios nuestro, tú eres único.

Protégeme, que estoy sola 

y no tengo otro defensor fuera de ti”. (Est 13,14)

«Oh Dios, poderoso sobre todos,

oye el clamor de los desesperados,

líbranos del poder de los malvados,

y a mí quítame el miedo» (Est 13,30)

Hay veces en que el miedo nos atrapa. Aunque ni siquiera sea a algo muy concreto. Puede tener forma de sinsentido, o de inquietud por si “eso” pasa; temor también a lo que nos supera y parece más grande que una misma; a veces va de la mano de la soledad y otras simplemente nos va encerrando y paralizando. Más aún en estos meses de pandemia. En algo se parece a ese dragón rojo apocalíptico que con la cola borra los astros del firmamento y acecha cualquier vestigio de vida para devorarlo (Ap 12, 1-17).

A María Inmaculada se la identifica en esa mujer contra quien el dragón (y el miedo) pierde la batalla. Muchas veces, por representaciones e imágenes que nos hemos hecho, pareciera como si ella fuese de otra pasta, como si nada la hubiese salpicado jamás. Y, sin embargo, se embarró del todo. Por eso es la Inmaculada, mujer plena, por su apertura y entrega confiada a Dios hasta las últimas consecuencias. 

Su fe se prolonga tras la anunciación cuando «el ángel la dejó y se fue» (Lc 1, 38), sosteniendo las miradas y los interrogantes en cada desconcierto (Lc 2, 52) y se hace extrema en el momento de la cruz (Jn 19, 25).

Dicen que lo contrario de la fe no es la duda, sino el miedo; y enemiga del miedo, por tanto, ha de ser la fe. María atraviesa todo temor aferrada como un clavo ardiendo a una promesa: Dios salva, hay sentido, tanta vida no caerá en el vacío. 

Maria Antonia París decía que ella «debe ser como la gran “señal” en nuestro caminar, nos impulsa a luchar contra el mal en cualquiera de sus formas y nos abre al gozo y la esperanza». Porque, de alguna manera, en María se ha cumplido lo que nos espera a todos: la certeza de que Dios actúa también en nosotros; y si vamos de su mano, ¿quién dijo miedo? 

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