«Común de mártires o mártires del común»

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Esto de ser mártir es más habitual o común de lo que nos podemos pensar. Todos y todas tenemos algo de mártir. Igual que los vestidos tienen distintas tallas, y cada persona tiene que saber cuál es la suya, algo parecido nos pasa con el martirio.

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Mártires talla XS:

Lo son casi a su pesar. Han nacido en ambientes cristianos y desde el principio llevan puesta esta prenda. Les cuesta incluso que se los califique como creyentes y en realidad hacen poco para mantener su fe, mucho menos para ser testigos de ella. Son los que se denomina “cristianos vergonzantes”, capaces de mimetizarse con el que está a su lado, y sólo cuando les interesa se apuntan a esto de ser creyentes. En el evangelio aparecen como la semilla que cayó “al borde del camino. Vinieron los pájaros y se la comieron” (Mc 4, 4). No deja de ser curioso lo escueto que es el texto evangélico: como si su vida pasase sin pena ni gloria. No hace falta que venga Satanás para quitarles el mensaje sembrado (Mc 4, 15), ellos ya se encargan. Tod@s nos hemos puesto en alguna ocasión trajes de esta talla y hemos sido mártires de pacotilla, o de pasarela, que todavía es peor.

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SMLXL

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Mártires talla S:

Empieza a haber un cierto compromiso por la opción creyente. Se considera la fe como algo valioso, pero en muchas ocasiones no forma parte de nuestras prioridades y pasa a segundo o tercer lugar, cuando no a la cola. Entre el poco interés y la falta de espacios para que esta fe crezca, acaba por marchitarse. El evangelio de Marcos lo expresa de una manera bastante realista cuando dice: “Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde  no había mucha tierra; brotó en seguida, porque la tierra era poco profunda, pero, en cuanto salió el sol se agostó y se secó”. La conclusión es terrible: “Porque no tenía raíz” (Mc 4, 5-6). Es una talla muy habitual, quizá de las más comunes, y acaba por marcar buena parte de nuestras experiencias religiosas, dependiendo del grado de “piedras” y “soles” que impiden nuestro crecimiento, al final no tenemos raíces.

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Mártires talla M:

Son personas que quieren tomarse en serio esto de ser creyentes. Yo diría incluso que forma parte de sus (nuestras)  prioridades  vitales,  que  hacen  grandes  esfuerzos  por hacerla crecer, pero que las dificultades y problemas de la vida les impiden dar auténtico fruto evangélico. Es una de las tallas más comunes de martirio, yo diría incluso que la que más, y son (somos) realmente dignos de admiración por el tesón con que quieren llevar adelante este compromiso. Pero también de pena o compasión porque, como sigue diciendo Marcos, “otra parte cayó entre cardos, pero los cardos crecieron, la ahogaron y no dio frutos” (Mc 4, 7). Por si alguien tiene dudas sobre cuáles son estos “cardos”, el propio evangelista se encarga de decírnoslo más adelante: “Las preocupaciones del mundo, la seducción del dinero y la codicia de todo lo demás”. Aviso muy de actualidad para ser del s. I d.C.

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Mártires talla L:

Personas que son capaces de hacer fructificar su fe en las distintas facetas de su vida. No importa la cantidad del fruto (puede ser treinta, sesenta y hasta el ciento por uno), sino la coherencia: son testigos del Dios de la Vida en medio del mundo. Son más comunes y anónimos de los que nos pensamos: pueblan nuestras familias, nuestras comunidades y nuestros barrios, y no se hacen notar más que cuando faltan. Gente sencilla, en ocasiones hasta “no creyente”, que nos enseña a cómo ser humano y cristiano/a de verdad. A ell@s habría que aplicar lo que escribió Bertolt Brecht hace casi cien años: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”. Sin ell@s el mundo no se sostendría.

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Mártires talla XL:

Estas personas son a las que habitualmente damos el nombre de “mártires”. En el evangelio de Juan lo expresa con una expresión muy honda: “Dar la vida por” las ovejas, el amigo, nosotros… Y lo hacen voluntariamente, porque sí.

Los hay más llamativos, con todo tipo de torturas y penas, y los hay más discretos, en un entregarse hasta el fin día a día, sin quedarse nada para sí, pues “no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Ap 12, 12). Hay muy pocos de esta talla, sin duda, pero los pocos que hay bastan para mostrarnos que el ser humano, capaz de las mayores atrocidades, es también capaz de obras de bondad que superan nuestras posibilidades, de sacrificios por los demás que ni nos podemos imaginar, que en el fondo de cada creyente habita un mártir todavía por descubrir.

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TRIGO

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Pues al final todo se reduce a saber si queremos ser: comidos por los pájaros, agostados y secados por las piedras y soles del camino, ahogados y sin frutos…, o dar fruto, y fruto en abundancia, capaces de entregar nuestra propia vida, para así poderla retomar y recuperar de nuevo como vida en plenitud.

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Fernando Rivas Rebeque

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