Cristiano. Homosexual. De pie.

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Soy homosexual y cristiano (no sé en qué orden poner eso), visible desde hace poco más o menos quince años. Salí del armario cuando había cumplido cuarenta y tres.

No vivo en uno de los siete territorios donde ser homosexual está penado con la muerte, ni en alguno de los setenta y dos países donde es delito. Aquí lo más que puede pasar es que se burlen de mí, murmuren o me peguen por besar a otro hombre en una hamburguesería, por ejemplo.

En todo caso, mi proceso de visibilización no lo protagonizó el ámbito social, sino que partió de la fe, de la necesidad de encontrarme con el Abbá de Jesús, tan diferente al Dios sentenciador que había conocido desde pequeño. Como consecuencia, asumí mi papel como cristiano en el seno del Pueblo de Dios, aunque rápidamente comprendí que se me situaba en la frontera de la Iglesia.

Pero en la frontera se está muy cerca de Dios. Él siempre ha estado en las periferias, se siente cómodo en ellas.

Para un homosexual vivir de pie significa ser uno mismo, conquistar la libertad. Para un homosexual cristiano es también asumir que Dios tiene un papel protagonista en tu vida, y a la vez reivindicarte como uno más entre tantas y tantos que hacen de la Iglesia la casa del Padre. Vivir de pie es sentirte apreciado y querido por Dios, mirado con cariño, amado entrañablemente.

Llegar a creer eso precisa un tiempo para sanar heridas, curar rencores y eliminar resentimientos. La Iglesia acostumbra a cargar sobre los hombros de las personas LGBT pesadas cargas difíciles de llevar. A veces es complicado conservar el calor de la misericordia al escuchar a algunos pastores. La homosexualidad no es una enfermedad. La homofobia sí lo es.

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