DE GRIETAS, LUCES Y HERIDAS… RESUCITADOS

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Como el Padre me ha enviado así también os envío yo, llenos del Espíritu Santo para la reconciliación del mundo (cf. Jn 20,19-23; Mt 28,16-20). Este envío compete al cristiano, para que a nadie le falte el anuncio de su vocación a hijo adoptivo, la certeza de su dignidad personal y del valor intrínseco de toda vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. El secularismo creciente, cuando se hace rechazo positivo y cultural de la activa paternidad de Dios en nuestra historia, impide toda auténtica fraternidad universal, que se expresa en el respeto recíproco de la vida de cada uno.

Hace unos días, encontré en las redes esta frase que llamó poderosamente mi atención: “Bienaventurados los fracturados porque dejan pasar la luz”  (Yvan Andouard)

La citaba en una entrevista Alain Vigneau. Niño feliz a quien la vida mostró muy pronto su peor cara por medio de la violencia y el desamparo pero que, tras un largo recorrido de varios años, logró mirar sus heridas desde otra perspectiva, con otra luz.  Transformó en arte su dolor y encontró el camino del humor para llegar al amor.

Esa frase y esta vida creo que nos pueden ayudar a la hora de entender mejor y responder al envío misionero que nos hace Jesús.

Como Él, somos llamados a anunciar la novedad liberadora del Evangelio, llenos de Espíritu Santo. 

Pero, ¿cómo llenarnos de Espíritu si no nos sentimos necesitados? 

Todos los seres humanos venimos al mundo con una intrínseca dignidad, dotados de inteligencia y capaces de crecer en libertad. Merecedores de respeto y amor por el hecho de existir. Llamados a la VIDA. Crecemos, progresamos, soñamos… caminamos junto a otros procurando hacer el bien con la esperanza de lograr entre todos un mundo de justicia e igualdad. 

Algunas veces, de tanto trabajar y conseguir, llegamos a creernos dioses.  Soltamos la mano del Padre que nos engendra a la vida y matamos la posibilidad de ser hermanos.

El resultado está ahí, a la vista de cualquiera y en todo lugar. Subidos a los pedestales de nuestro orgullo o encerrados en nuestro egoísmo, construimos muros, juzgamos, despreciamos…, acabamos sometidos a fuerzas destructivas que no sabemos dominar. Hacemos el mal y lo padecemos. 

¿De qué modo poner luz en esta oscuridad? Nosotros, discípulos de Jesús que “siendo rico se hizo pobre”,  tendremos que empezar por despojarnos de nuestro rango… aceptar nuestra fragilidad, reconocernos heridos y pecadores, abrir nuestras heridas para que, a través de ellas, pueda entrar el Espíritu, que es fuente de luz, agua que regenera, energía, fuego de Amor

Entonces sí, sabiéndonos hijos inmensamente amados, podremos “encender el fuego en el corazón del mundo” (EG 271) mediante la entrega gratuita de la vida,  sin medida, hasta el final.

Recorriendo los caminos con la gente, en verdad y sencillez. Sirviendo a todos en familia, en el trabajo, en el servicio a los demás especialmente a los pobres, libres y pobres nosotros también. 

Entraremos por la puerta estrecha del Maestro al convite de la vida. ¡Resucitados!


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