De la Misión «Ad Gentes» a la Misión «Inter Gentes»

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En palabras de Peter Phan, misionólogo vietnamita, “en comparación con el antiguo concepto de gentes, la descripción de gentes adoptada por el Vaticano II y la relación entre ellos y la Iglesia, representa una verdadera revolución copernicana”. Creo que la misión hoy tiene hoy un sentido distinto por dos razones:

  1. ¿Quiénes van a qué pueblos? Hasta hace unas décadas los misioneros salían de los países “evangelizados” para ir a donde no había cristianos o había pocos. Pero se han invertido las cosas. El crecimiento vocacional en África y Asia ha suscitado misioneros, religiosos y sacerdotes que ahora son enviados a los países de la vieja cristiandad. Además, el concepto unidireccional de misión ya no cabe en el mundo de hoy en el que todos aprendemos de todos. Por eso la misionología actual prefiere hablar de misión inter-gentes. La experiencia precedió el vocablo,  pues todo buen misionero experimenta que “los evangelizados nos evangelizan”. La misión hoy es multi-direccional. Ya no hay unos que saben y otros que no, unos que guían y otros que siguen… misionar es acompañar, caminar haciendo fácil el MISMO camino (Antonia París). La preposición inter establece una interdependencia fundamental y una relación de igualdad entre los dos grupos.
  2. Desde una comprensión de la universalidad de la gracia afirmada en el Concilio Vaticano II (GS 22), creemos que Dios está presente en toda realidad, pueblos, religiones. Esto no elimina la posibilidad de misión, la misión sigue vigente, pero en vez de fijarnos solamente en el mandato de ir y bautizar, podemos fijar la mirada en el estilo misionero de Jesús como constructor de puentes entre pueblos divididos, en su misión de reconciliación. Juntos  podemos edificar un mundo nuevo, que para los que creemos en Jesús se llama reinado de Dios y refleja su manera de relacionarse con Dios, con los otros y con la creación. Esto no excluye que, desde la experiencia de amistad con Jesús, sintamos la necesidad de anunciarlo porque “sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo” (EG 266). Anunciamos a Jesús cuando practicamos lo que El practicó y para ésto no hay que irse a la otra punta del mundo. La primera frontera que tenemos que cruzar es nuestro propio yo, salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, ser personas “en salida” abiertas a descubrir a Dios, su bondad, en los otros. Desde esta base fundamental, algunos están llamados a hacer esta opción de una manera total y permanente.