De nieblas y oscuridades

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No es difícil que nos hayamos encontrado alguna vez conduciendo y rodeados por una niebla de esas espesas como un puré de guisantes que a veces invaden las carreteras de ciertas zonas. Cada vez que a mí me pasa, me acuerdo del Salmo 23, ese que a todos nos suena sobre el Buen Pastor

El salmista afirma: “aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque Tú vas conmigo. Tu vara y tu cayado me sosiegan”. Y a mí me viene a la mente esas nieblas que no te permiten distinguir a quién tienes delante ni qué es lo que hay alrededor. En esos casos en los que las ovejas no pueden ver absolutamente nada, lo que sosiega y da paz no es otra cosa que sentir el contacto de la vara del pastor o el sonido de su cayado golpeando a nuestro lado. 

También en nuestra vida hay momentos en los que parece que la penumbra y la niebla nos rodean. El confinamiento y la pandemia, las consecuencias para todos en trabajo y economia, educación, problemáticas familiares… Hay situaciones que nos sobrevienen, que oscurecen nuestro camino y por las que todos, antes o después, pasamos. En esos momentos no podemos ni vislumbrar aquellas “luces” que en otros momentos nos hacían fácil avanzar por la vida. Perdemos de vista nuestras grandes certezas y el miedo y el desconcierto nos amenazan. En esos casos es el momento de confiar y afinar los sentidos del corazón para descubrir la cercanía del Señor en un sutil gesto cotidiano. Una mirada, una sonrisa, alguien que nos necesita más… son “guiños” diarios que, vistos con una mirada de fe, hacen la función de ese roce de su vara o del suave sonido de su cayado, pues nos permiten reconocer a Jesús caminando a nuestro lado.  

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