Del miedo y de nuestro infinito destino

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Sentimos peligrar nuestros mundos, los que creímos indestructibles. Se nos rompe la burbuja, atacada por un micro elemento invisible, imperceptible, incontrolable. Ya no podemos asegurarnos la salud, el bienestar, ni ¿la vida? Puede que la letalidad del coronavirus no sea de tal magnitud, pero causa un pánico desmedido. 

Nos aleja, nos esconde unos de otros, blinda las puertas de todos los países. El miedo emerge de la percepción de ser indiscriminadamente vulnerables, de poder ser afectados arbitrariamente. Emerge de las desastrosas previsiones económicas que podrían derivarse de este estado de sitio mundial. Temblamos al pensar que pueda desmoronarse el clímax de prosperidad al que, sobre todo, el primer mundo se ha habituado.

Y al temblar recordamos que la vida no es nuestra, que nos la han regalado. Que el ser humano es frágil y pequeño, y existe colgado de las manos de Otro que le insufla el aliento. Que ninguno de nuestros segundos es debido. Que ninguna de nuestras dichas durarán eternamente, que tampoco el dolor es para siempre. Que en esta tierra estamos de paso, de camino. 

Al temblar, alzamos los ojos al cielo, recordamos nuestro destino infinito y la vida desvela sus fundamentos, su esencia. 

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Gracias por mi nombre

Si alguien sabe lo importante que es tener nombre propio es María, la de Magdala. Algunos la llamaban Magdalena. Otros la buscaban