Día Internacional del Derecho a la Blasfemia

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Con lo que a mí me descarga “jurar en arameo”, “echar cuatro dioses” y “cagarme en todoloquesemenea”, hablar del día del derecho a la blasfemia me resulta placentero. Parece que por fin existe un día para salirse de los cánones, de lo debido y de lo políticamente correcto… ¡qué placer la transgresión! 

Pero si nos ponemos a investigar, veremos que es mucho más y mejor que eso. 

Este día se fundó hace 11 años por la “Center of Inquiry” dedicada a promover la ciencia, la razón, la libertad de investigación y los valores humanistas; su director ejecutivo decía: “creemos que las ciencias religiosas deben ser objeto de examen y crítica al igual que lo son las ciencias políticas”.

Etimológicamente, una blasfemia es una palabra ofensiva contra Dios. Y me pregunto si Dios con su mirada amorosa realmente se ofende, o si no levantará una ceja y dirá “ay alma de cántaro…. ¡cuánta mili te queda!” Pienso más bien que somos nosotros quienes nos permitimos el lujo de, en su nombre, aprovechar la ocasión para ofendernos e indignarnos (que es lo que se lleva) y de paso juzgar implacablemente.

Me llama la atención que haya que designar un día para la crítica a la religión como algo revolucionario: ¿Quién puede crecer sin crítica? ¿quién puede mejorar? ¿alguno de nosotros sintonizamos con todo el mundo? ¿algún colectivo está exento de ser criticado?

Decía el coordinador del día de la blasfemia que “no se trata de ofender, pero si en el diálogo y el debate, la gente se ofende, no es un problema. No existe el derecho humano a ser ofendido”

De hecho, aunque no queramos ir ofendiendo y escandalizando a nadie, todos conocemos a quien siempre se ofende… Parece que la ofensa es más un problema del ofendido que del ofensor.

Entonces, ¿es necesario de verdad un día en que se nos permita hacer una crítica de nuestra manera de vivir la fe? ¿estamos dispuestos a renunciar a mejorar para no ofendernos? ¿Para no sentir la molestia que se siente cuando una crítica nos remueve y nos hace saltar las alarmas de que quizá lo de hasta ahora ya no sirve para lo que viene? ¿Vamos a revestirnos de perfección para que no parezca que aún tenemos dónde crecer y mejorar?

Dice Mario Alonso Puig, que ojalá fuéramos capaces de cambiar el juicio por la curiosidad y en lugar de decir “mira lo que hace o dice ese”, preguntarnos “¿por qué ese hará lo que hace y dirá lo que dice?.

Por favor, un día no. Hagamos una vida de la blasfemia (así entendida). Seamos capaces de hacer críticas amorosas y escuchar las que algunas veces no lo son tanto. Si no, quizá estemos perdiendo, cada vez, la oportunidad de dar pasos, de crecer, de ser un poco mejores.