Todos conocemos el significado de tolerancia (el respeto de las opiniones, ideas o actitudes de los demás, aunque no coincidan con las propias). Es bien bonito, pero como farmacéutica, no he podido evitar acordarme de una segunda acepción: “Capacidad que tiene un organismo para resistir y aceptar el aporte de determinadas sustancias, en especial alimentos o medicamentos”. ¡Resistir y Aceptar! Por un momento me ha parecido que le hacía más justicia a esta palabra tan bella y tan dura. 

Y es que el “respeto” no siempre sale de primeras, y necesitamos una “resistencia” que se oponga al impulso que nos sale (¡sin querer!) de comenzar una guerra o la reforma, para cambiar aquello que nos contraría. 

Hay unas palabras de Jesús que me ayudan cuando me siento así: Y si la casa es digna, que vuestro saludo de paz venga sobre ella; pero si no es digna, que vuestro saludo de paz vuelva a vosotros. Y cualquiera que no os reciba ni oiga vuestras palabras, al salir de esa casa o de esa ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies”. (Mt 10, 13:14) 

“Sacudid el polvo de vuestros pies” con qué gesto tan simple siento que Jesús nos pide que nos quitemos esa rabia y sigamos adelante, que continuemos. Sin dramas, sin forzar que cambie, dando libertad, siendo tolerantes. Resistiendo nuestro impulso de corregir lo que no entendemos y aceptando lo diferente. ¡Cuántas veces me es más difícil esto, que emprender cien guerras en su contra!

Y me pregunto ¿Es nuestro organismo capaz de tolerarlo?