A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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«Dios nos habla. ¿Por qué y cómo?» por Gabino Uríbarri, SJ

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Cuando este año pregunté en clase cómo se dice “Jesucristo” en la lengua de los sordos, sorprendentemente un alumno lo sabía: se señalan las heridas de los clavos en ambas manos. Además, este alumno, Samuel, explicó que es la única «palabra» universal en la lengua de los sordos. A la salida de clase me explicó que aprendió la lengua de los sordos porque le impresionó mucho un día ver a unos sordos bailar al ritmo de la música. ¿Cómo era posible? Eran capaces de percibir las vibraciones de la música y se sabían la letra de memoria. Se les veía danzando felices sobre la pista. Quiso poder comunicarse con ellos y que ellos pudieran seguir mejor la liturgia, especialmente la homilía. Gracias a esta lengua, hasta los sordos pueden captar lo que se les quiere comunicar y ellos también pueden expresar lo que viven, sienten y piensan. Los humanos somos seres radicalmente comunicativos y para la comunicación, para la relación. Habitamos en la palabra; la palabra nos constituye y nos dice; somos palabra.

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Si nosotros somos así y hemos sido creados a imagen de Dios, ¿cómo será la comunicación en Dios? Lo que nos dice nuestra fe es que Dios es Trinidad, es uno y trino. Que en Dios la unidad y la comunicación, la comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu, es tan intensa, que sin romper la unidad de divina, se da una verdadera diversidad de personas. A partir de aquí, surge espontáneamente otra pregunta: este Dios, tan comunicador en sí mismo, cuya comunión y comunicación entre las personas divinas es tan fuerte, ¿no habrá querido seguir comunicándose con los humanos, obra de sus manos?

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Evidentemente, si Dios es comunión y comunicación, porque es Trinidad y amor, no puede pensarse que no haya puesto de su parte todo lo posible por entrar en relación con nosotros los humanos. ¿Cómo? ¿Por qué medios?

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La comunicación de Dios con nosotros ha de estar marcada por su propio ser. Lo primero que destaca la fe sobre el Dios cristiano es que es amor. De ahí una de las primeras características de su comunicación con nosotros: se adapta a nosotros. Reflexionando sobre este elemento los grandes teólogos de los primeros siglos del cristianismo dijeron que Dios tiene «condescendencia» con nosotros. Se pone a nuestro nivel, como hacemos nosotros cuando hablamos con un niño o con un extranjero. Detrás late el deseo de Dios de hacerse entender, de comunicarse realmente, de que escuchemos su voz. Por eso, esa condescendencia llevará en su extremo hasta la encarnación de Jesucristo, la Palabra de Dios, pues si el que es la Palabra de Dios hablara nuestras palabras, nos debería resultar fácil entender y escuchar esas palabras.

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Esta condescendencia y adaptación a nosotros se refleja en una variedad de libros, que nos entrega y pone a nuestra disposición, en los que de diversa manera Dios se da y se manifiesta para que entremos en comunicación con Él y escuchemos sus palabras. Tenemos al menos cuatro libros a nuestra disposición, cuyo lenguaje y códigos podemos aprender.

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for-natDios deja su impronta en el libro de la naturaleza, en el libro de la creación, que ha surgido de su amor. Muchos creyentes de todos los tiempos y de todas las religiones son capaces de esta mirada religiosa al mundo, obra de Dios. Al contemplar las estrellas, las montañas, la complejidad biológica del bosque, del mismo ser humano o de una célula, muchos descubren admirados la huella de un creador, que ha plasmado con orden y con belleza grandes maravillas. La Escritura se hace eco de ello en diversos escritos (ej: Sal 19 (18), 2-5; Sal 136 (135), 1-9; Rom 1, 20).

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for-hisMás típico de la fe de Israel y de la Iglesia es descubrir la presencia de Dios en la historia, en la vida, en los acontecimientos. Israel ve su vida envuelta en la alianza con Dios y descubre en la trama de los acontecimientos, grandes y pequeños, la presencia de Dios y su llamada. Por eso, en el antiguo testamento los libros narrativos ocupan tanto espacio: reflejan la contemplación de la historia de Dios con su pueblo. En el nuevo testamento damos prioridad a los evangelios, donde esa historia de relación de Dios con su pueblo adquiere una densidad privilegiada en la vida de Jesús. Dios nos sale al paso con su lenguaje en los acontecimientos: de nuestra familia, de nuestro trabajo, de nuestra realidad política, con invitación a escucharle y descifrar su mensaje, a comprometernos, a hacer una lectura creyente de nuestra vida, descubriendo su huella y su presencia amorosa en nuestro caminar, también en los momentos en los que nos parecía que Dios no estaba, como puede ser la enfermedad o el sufrimiento. Los grandes personajes bíblicos nos pueden aportar claves para entender este lenguaje de Dios.

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Dios nos habla a través de la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios. Es un texto especial, inspirado por Dios, en el que el Espíritu Santo habita de modo especial. La Biblia tiene una fuerza singular para ponernos en comunicación con Dios. Se nos pide dejarnos hablar por estos textos, situaciones y personajes, aguzando el oído para edificar nuestra vida según los mensajes de Dios.

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Por último, Dios nos habla también con la vida y en la vida de los santos, de aquellos de entre nosotros que han sido especialmente tocados por Dios. Al escuchar sus palabras y conocer su vida, sus deseos, motivaciones, actitudes y acciones, descubrimos de un modo muy accesible cómo es Dios, cómo actúa, cuáles son sus preferencias y cómo es su modo de actuar y comunicarse. ¿Te animas a leer alguno de estos libros e invitar a otros a esta apasionante aventura de comunicarse con Dios?

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Gabino Uríbarri, SJ

Universidad Pontificia Comillas