¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? (1Cor 15, 55)

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Como homus tecnologicus que somos, las imágenes nos cautivan. Si las cosas nos las explican con dibujitos nos atraen, ponemos más atención y nos gustan más. Esta práctica tan actual, también lo era en la edad clásica. Egipcios, griegos o romanos eran grandes maestros del arte. La Iglesia también aprovechó esta realidad para difundir su mensaje. 

Las primeras representaciones artísticas de la Iglesia que, a día de hoy, permanecen inalteradas en catacumbas, sepulcros, mausoleos, iglesias…, tienen relación con el mundo de la muerte y los difuntos. Rápidamente en nuestra mente pueden aparecer calaveras, cruces, etc. Pero nuestros antepasados creían muy firmemente en la resurrección de la carne y es así que el mensaje que se representaba estaba relacionado con el mensaje esperanzador de la resurrección de Cristo. Entre los siglos III al V podemos observar signos como: el pez, el áncora, el crismón, la paloma, la rama de olivo, el pelícano…, o representaciones de escenas bíblicas como: la historia de Job, el sacrificio de Isaac, la multiplicación de los panes y peces, el milagro de la resurrección de Lázaro, etc.

Y te preguntarás, ¿Y la Cruz? La primera representación de la Cruz no surgirá hasta el siglo V, a petición del Papa se iniciará el culto a la cruz con el Cristo crucificado. La primera iconografía la podemos encontrar en la puerta de madera de la Iglesia de Santa Sabina en Roma, en la parte superior a la izquierda. Es una puerta catequética donde hay representada la vida de Jesús. Su uso era para catequizar a los catecúmenos en la fase de iniciación antes del bautismo. 

Encontramos a Cristo en el centro, es la figura más grande, sin signos de dolor, con el torso desnudo y el perizoma (paño de pureza); acompañado de los dos ladrones. Detrás de los personajes hay el juego visual entre las líneas arquitectónicas de unas casas queriendo representar el patíbulo. 

Recordad que fue la primera vez que lo dibujaban y toda primera vez comporta una mezcla entre respeto, miedo e imaginación. ¡Buen provecho!

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