A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, presentaron a Jesús un endemoniado mudo. Echó al demonio, y el mudo habló. La gente decía admirada: «Nunca se ha visto en Israel cosa igual.» En cambio, los fariseos decían: «Éste echa los demonios con el poder del jefe de los demonios.» Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias. Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»

Mateo 9,32-38

Sin duda, sí te preocupa leer el evangelio y rezar, estoy segura de que ya eres un trabajador más para la mies. Lo único que nos ocurre de vez en cuando, es que flojeamos… Pero estar hoy aquí leyendo la Palabra del Señor, quiero pensar que estamos en el Buen Camino. 

Hay una frase que se me ha quedado haciendo eco: “se compadecía de ellas”. Y como un resorte me ha asaltado una pregunta que te invito a hacerte hoy también: ¿Quién ha sido la última persona por la que nos hemos compadecido? 

Y a continuación me he agobiado un poco: ¿Y qué he hecho por ella? ¿De qué le ha servido que yo me compadeciera? ¿He mejorado su situación algo? 

No tenía respuestas para esas preguntas… Pero sí que creo que hay algo que ha cambiado… algo en mí. ¿Y en ti? ¡Vamos al trabajo!

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