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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: "Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: "¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!" Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas." Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos." Pero él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco." Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora."

Mateo 25,1-13

La liturgia nos va preparando poco a poco para la llegada del Adviento. La fiesta de Todos los Santos, que celebrábamos hace unos días, es un magnífico pórtico que nos va preparando para contemplar la realidad del Cielo, y la venida de Nuestro Señor al final de los tiempos. 

Cuando era pequeño, en la catequesis se nos invitaba a contemplar las tres venidas del Señor: Jesús vino hecho hombre, Jesús viene en los sacramentos y en la caridad, Jesús vendrá al fin del mundo y en nuestra propia muerte. 

En el evangelio de hoy se nos invita a contemplar la venida constante del Señor, y también su adviento definitivo. En efecto, Jesús vendrá, pero lo que no sabían las doncellas era que “el Esposo” ya estaba viniendo: era el aceite de sus lámparas. 

El aceite es signo de la unción del Espíritu Santo. Las obras buenas y la oración son como “poros” a través de los cuales este aceite va penetrando nuestro corazón, y lo va asemejando a la realidad del Cielo. 

¿Soy consciente de este Dios que habita en mí y se derrama en mi ser más íntimo? ¿Acudo a la oración con perseverancia y confianza? ¿Mis obras son reflejo de mi fe? ¿Son ofrenda a este Dios que se me da plenamente?

Señor, dame la Gracia de recibir el aceite de tu Espíritu Santo, para que el día de tu venida pueda entrar contigo en la fiesta eterna del Cielo. Amén. 

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