A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

Aclarando La Vista, Afinando El Corazón

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En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: "Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?". Jesús le contestó: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete". Y les propuso esta parábola: "Se parece el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía tres mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo". El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y, agarrándolo, lo extrangulaba diciendo: "Págame lo que me debes". El compañero, arrodillándose a sus pies, le rogaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré". Pero él se negó, y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?". Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano". Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Mateo 18, 21-29

El perdón no es cuestión de cálculos. De eso, nada. Ni una, ni dos, ni siete, ni solo en la medida en que

La posibilidad del perdón empieza cuando al mirar a los ojos de la otra persona ves un hermano. Ahí, comienza. Un hermano. Ni competidor, ni contrincante, ni dueño, ni esclavo, ni acreedor, ni deudor… 

Y para ello hay que afinar el corazón; es decir, permitir que llegue a nuestras pupilas el brillo con el que el Padre Dios contempla, admira y valora a esa persona. En el perdón o está presente la visión que Dios tiene de ti y de mí, o es casi imposible que pueda hacerse real, que pueda acontecer.

Suena a mucho ¿verdad? Lo sé. Pero si no es así, no es perdón cristiano. Puedo disculpar, puedo disimular, puedo responder estoicamente, puedo dejar que pase… pero solamente si abro mi relación con el otro (y con la verdad de mí mismo) a la presencia de Dios, de su entrañable misericordia, solamente así se puede generar una experiencia de perdón; experiencia que deja atrás cualquier cálculo y se desprende del rencor y del resentimiento, por insanos; y se libera del sentimiento de ofensa.

No hay nada más sanante que la experiencia auténtica del perdón: nos descubre tan vulnerables como dignos de aprecio, tan pequeños como sublimes (¿Acaso Dios puede mirarnos de otro modo?).

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