Apasionadamente involucrado

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Uno de aquellos días, como había mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos." Le replicaron sus discípulos: "¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para que se queden satisfechos?" Él les preguntó: "¿Cuántos panes tenéis?" Ellos contestaron: "Siete." Mandó que la gente se sentara en el suelo, tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos cuantos peces; Jesús los bendijo, y mandó que los sirvieran también. La gente comió hasta quedar satisfecha, y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas; eran unos cuatro mil. Jesús los despidió, luego se embarcó con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

Marcos 8,1-10

Ante la realidad que vivo, lo que veo, el desastre ecológico en afecta a todo el mundo, a todas la naciones, ¿cómo reacciono, con apatía o apasionadamente? Estamos acostumbrados a ver la televisión, en las noticias se nos presentan toda clase de calamidades, desgracias personales, atracos, atentados, fuegos, inundaciones, injusticias, familias que dejan su país en busca de un porvenir para sus hijo… Vemos todo esto en imágenes vivas que nos conmueven, y las vemos cómodamente sentados, quizás cenando, pero no hacemos nada. Hemos ido construyendo una muralla impenetrable, ya no nos afectan las desgracias, el corazón se nos queda desentendidamente frio.   

Somos creados por un Dios que ama apasionadamente, con tanta pasión, que la Palabra se hace carne para ser uno de nosotros y arriesga a ser rechazado, hasta el punto de ser condenado y llevado a la cruz. La Palabra hecha carne, Jesús de Nazaret es un hombre-dios apasionadamente amante. Se deja afectar por lo que ve en su tiempo histórico y hace algo, no se queda desentendidamente frio. ¿Y yo qué? ¿Me arriesgo a tomar partido por los más necesitados? 

Entra en tu corazón, haz silencio y escucha la Palabra. ¿Señor, qué quieres de mí? Tu corazón se conmovió al ver el hambre de la gente, invitaste a los que estaban contigo a ver las necesidades de los demás y ver qué tenían ellos para compartir con los demás. Abriste sus corazones a salir de sí mismos para dar lo que tenían con toda generosidad. Hoy veo …. ¿Qué quieres que yo haga? Solo, sola, no puedo nada. Contigo puedo ir cambiando mi ambiente más cercano. Me da miedo. Si estás conmigo, yo puedo. 

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