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En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: "Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con-los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas."

Lc 6, 20-26

Para Nietzsche, Schopenhauer, Marx y otros muchos pensadores, aunque lo dijeran por motivos muy distintos, la religión, y concretamente el cristianismo, es una lacra, algo que empobrece al hombre, algo que hay que superar. Nietzsche, concretamente, estaba convencido de que el cristiano era un hombre apagado, mortecino, sin encanto, engañado, sin verdaderas razones para vivir, condenado a la tristeza…

Sin embargo, Jesús anunció algo completamente diferente. Y una de las palabras que más pronuncio fue precisamente la palabra “feliz”, aunque se traduzca de distintas formas: dichoso, alegre, bienaventurado.

El texto del evangelio de hoy es precisamente un fragmento en el que Jesús repite muchas veces la palabra “bienaventurado”. Casi es un texto que nos sabemos de memoria, porque es muy referencial, pero que sigue estando por estrenar. Lo que nos propone no podemos lograrlo a fuerza de voluntad. No es un código ético. Más bien nos describe un horizonte de esperanza infinito, una motivación para vivir con alegría por encima de las circunstancias de la vida, una vuelta total a los valores por los que nos movemos… Nos habla del corazón mismo de Dios, que está con quienes sufren, luchan por la justicia, pasan necesidad… Si realmente estas palabras se nos grabaran en el corazón y no en la mente, nuestra vida cambiaría, porque entonces sí, nuestro corazón sería como el de Dios.

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