A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz. Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público. A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener.»

Lucas 8,16-18

Jesús no tuvo más remedio que dar a conocer lo que experimentó en el Jordán: que Dios es un padre misericordioso, que nos ama con locura, y que su gran deseo es estar junto a nosotros para que todo nos vaya bien. Esta fue su iluminación, esta fue la luz que le guiaba por su camino y le daba fuerzas para seguir curando y predicando sin descanso. 

Es la misma luz que hoy en día, por ejemplo, proyectan los misioneros, tantos y tantos testigos hoy en la persecución, consagrados y laicos comprometidos, las Familia Claretiana, mujeres y hombres que arden en caridad y cuyo corazón abrasa por donde pasa

Y es la misma luz que hoy os animo a revivir y a poner en el candelero para que sigáis siendo testigos de la buena nueva de Jesús en vuestros estudios, trabajos, hogares y lugares de ocio. Recordemos que, el día de nuestra confirmación, recibimos el Espíritu Santo, un espíritu que es llama de fuego que alimenta las calderas del amor. ¿Cuán intensa es la llama que habita en tu corazón? 

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