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En aquel tiempo ponía Jesús a sus discípulos esta comparación: "¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Hermano, déjame que te saque la mota del ojo", sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano".

Lc 16, 39-42

Cuenta una preciosa historia de Eduardo Galeano que un niño no había visto nunca el mar. Un día se puso en camino para conocerlo, acompañado de un amigo y, al llegar a la orilla, emocionado ante el increíble espectáculo que tenía ante sus ojos, ante la inmensidad y el misterio del mar, le dijo a su compañero de camino con el que viajaba: “Ayúdame a mirar”.

He recordado esta historia porque el evangelio de este día nos habla de la mirada, de los ojos, de la ceguera… “Un ciego no puede guiar a otro ciego”, nos dice Jesús. No pretendamos ser maestros de nadie ni confundamos con nuestras palabras. Ni pongamos nuestra mirada en un cualquiera, haciéndonos ídolos a nuestra medida. 

Y también nos recuerda el evangelio de este día que no veamos la paja en el ojo del hermano sin ser capaces de ver la viga que está en el nuestro. Sobran comentarios realmente, porque la propia vida nos muestra lo sabias que son estas palabras. Pidamos al Señor, como el niño del cuento, “ayúdame a mirar”. 

 

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