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Cansados Pero Felices - Acompasando

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A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. Él, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose en seguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios.» Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese. Pero él les dijo: «También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.» Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Lc 4, 38-44

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Qué distintos son unos cansancios de otros. Está el agotamiento de andar pensando en lo que vendrá sin poder centrarnos en el momento en que se está; el hastío de una situación repetida y sin escapatoria, el cansancio de andar esperando más de lo que recibimos, el de ver ante nosotros numerosos frentes abiertos… 

La actividad de Jesús narrada en este Evangelio es frenética, mucho ajetreo. Pero el suyo es un cansancio distinto: el de sobrellevar las preocupaciones y enfermedades de otros, portar esperanza, encontrar multitud de rostros. Es más bien una entrega fecunda y volcada en los otros.

¿Cómo son nuestros cansancios? Puede venir bien nombrarlos y decírnoslos para presentárselos a Jesús. Puede que de su mano descubramos algo que nos haga pasar de andar encorvados por la pesadumbre a enderezarnos por querer dar lo mejor de mí. Tal vez así lleguemos a experimentarnos cansados, pero felices.

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