A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?» Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Mateo 9, 9-13

Cuando Caravaggio pintó su famoso cuadro de La vocación de san Mateo empleó numerosos símbolos y detalles. Uno de ellos es el gran parecido entre el dedo de Jesús señalando a Mateo, y el dedo de Dios en la creación despertando a Adán que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

 

 

Y es que Jesús, al llamar, crea de nuevo. O mejor dicho, Dios nos sigue creando, haciendo. Su voz es diferente a otras voces: nos encuentra justo aquí, en el lugar que estamos, sea el mostrador de los impuestos o cualquier otro. Y nombrándonos nos despierta, nos recuerda nuestra existencia, para ser lo que de verdad somos. E invita a sentarse en otra mesa, siempre con Él y con otros. 

¿Y a ti dónde te encontraría hoy Jesús? ¿De qué forma está queriendo despertarte y crearte de nuevo? Seguramente no pide más de nosotros que abrirle nuestra casa y permitir que se siente a nuestro lado. Él nos irá ensañando a participar de sus cosas y a dejarnos modelar en sus manos.

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