DAME TU PALABRA

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No jurarás en falso" y "Cumplirás tus votos al Señor." Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir "sí" o "no". Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»

Mateo 5,33-37

Estamos invitados por el Señor a vivir en la verdad, a conformar nuestro pensamiento, palabras y obras en la verdad porque aquí se fundamenta la razón de nuestra libertad.

Para ser testigos de Dios, la palabra debe ser siempre sincera y transparente en el corazón. Dejar que sea sí, si es sí y no si es no. En el medio, puede haber un «No sé» solo como un compromiso para buscar la verdad o como un silencio de caridad. Como dice el libro del Eclesiástico 21, 26: «El interior del tonto está todo en su boca, pero la boca del sabio es también parte de su interior.» 

¿Cómo serían nuestras relaciones interpersonales, familiares, comunitarias, sociales y políticas si nuestra palabra fuera así? El mundo se convertiría en un paraíso. La lengua es como un timón: gobierna el barco. Es como una chispa: hace que se encienda un gran fuego (St 3,5). 

La Palabra escuchada y hablada es el principio de la vida humana. Si es comunicativa, verdadera y liberadora, nos une como hermanos y nos hace hijos de Dios.

Atiende hoy a tus palabras. Piensa bien antes de hablar.

 

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