A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: «Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres.» Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.

Lucas 9,43b-45

Jesús insiste en que sus discípulos entiendan el misterio de la Cruz. Uno no se hace cristiano para conseguir riqueza, fama o poder; no, uno se hace seguidor de Cristo para dedicar su vida al servicio de los demás movido por el Espíritu Santo. 

Esto fue lo que hizo, por ejemplo, monseñor Romero, arzobispo de San Salvador, quien, al recibir tal honor, levantó su voz contra la oligarquía salvadoreña que vivía en la opulencia a costa del sufrimiento del pueblo llano. Hasta tal punto llegó su osadía que, tras invitar a los soldados salvadoreños a desertar del ejército, los dirigentes del país mandan que fuera asesinado mientras presidía la Eucaristía. A monseñor Romero no le paró el miedo a la muerte en su lucha por los derechos humanos

¿Hasta qué punto asumo riesgos en mi seguimiento de Jesús? Por ejemplo: ¿Me callo ante una injusticia que ocurre en mi ámbito de trabajo por miedo a perder mi puesto? ¿Dejo de comunicar un caso de bullying por miedo a ser llamado “chivato” y perder toda popularidad? ¿Me da miedo comunicar abiertamente que soy cristiano?

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