¡Desacostúmbranos!

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En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?” Y estaban desconcertados. Pero Jesús les dijo: “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos.

Marcos 6, 1-6

Era tan del común, tan familiar, tan como los demás… que desconcertaba. Sí, a los que convivieron con él, sus convecinos, y a la gente que se le iba acercando. Tanta normalidad nos despista.

Cuando lo religioso y lo de Dios nos lo sabemos y conocemos tanto, no le dejamos ocasión de manifestarse, de sorprendernos, de abrirnos a nuevos horizontes… Hay una incredulidad que es fruto de acostumbrarse a la fe. Hay una incredulidad que es fruto de creerse en línea, en regla…

Atención. No despreciemos el lugar privilegiado de la manifestación de Dios: la carne del que se hizo uno de tantos… Nos perderíamos las profecías, tan necesarias, que nos llegan de las presencias cotidianas: del gris del día a día, del rostro del hermano que se repite, de la música suave del que hace nuevas las cosas antiguas, del soplo de la brisa constante del Espíritu… 

¡Desacostúmbranos, Señor, para verte, reconocerte y acogerte!

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