A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: «¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!» Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: "Venid, que ya está preparado." Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: "He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor." Otro dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor." Otro dijo: "Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir." El criado volvió a contárselo al amo. Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: "Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos." El criado dijo: "Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio." Entonces el amo le dijo: "Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa." Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete.»

Lucas 14,15-24

Cuando Juanito era pequeño era el más listo de clase. Tenía muchos amigos y era un ligón. Le gustaba hacer deporte y era muy bueno jugando al futbol. Juanito estudió mucho y con los años llegó a ser abogado. Trabajaba muchas horas y lo daba todo en su profesión. Le gustaba salir a correr e ir con sus amigos a tomar unas copas. Juanito tenía una casa, dos móviles, una Tablet, una casa con piscina, dos coches y un perro. Juanito esquiaba como nadie, y la gente le miraba al pasar. Juanito era perfecto. Lo tenía todo.

Pero Juanito echó Dios a un lado. Su Palabra le parecía una tontería. No había lugar para Dios en su cabeza ni mucho menos en su corazón. Juanito creía ser feliz, porque se creía autosuficiente. Y un día, sin más… se sintió vacío. Aquel día se dio cuenta que no encontraba el sentido de nada de lo que hacía. Y fijó sus ojos en la crucecita que su abuela le regaló cuando hizo la comunión, y que tenía guardada en el fondo de un cajón desde hacía muchos años…

Es un ejemplo muy real. Para muchos vivir la fe es una imposición, una carga, una molestia…más que un regalo, una invitación de Alguien con quien merece la pena contar.

¿Cuántas veces pongo el “stop” en mi vida para escuchar la invitación constante de Dios a comer conmigo? ¿Vivo la celebración de la eucaristía como un gozo o como un simple cumplimiento? ¿Doy gracias por el don de la fe y por la vocación de bautizado que el Señor me ha regalado?

Señor, te pido que sepa escuchar tu llamada. Que las cosas del mundo no me cieguen ni me llenen el corazón, hasta el punto de que no quepas Tú en mi vida. Que me sienta dichoso de ser invitado a la mesa de tu Reino. Que todo lo que vivo, lo que tengo, lo que amo… encuentre en Ti su plenitud. Que no anteponga nada a tu Amor. Amén.

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