A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido." Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido." Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»

Lucas 15,1-10

¡Cuánta alegría habré dado al Cielo en mis años de vida! Cuantas veces habré vuelto al abrazo del Padre después de mis caídas recurrentes. Sí, caigo y me levanto, y cada vez que lo hago es como si un estadio de fútbol entero gritase de alegría por un gol marcado en prórroga. Cada vez que me levanto los ángeles gritan de alegría en el cielo, y felicitan al Padre por haberme dado su perdón. 

En las fiestas de mi ciudad, al final de la procesión, bailan todas las danzas, estallan los cohetes y las campanas se lanzan al vuelo, cae el oropel y las músicas lo llenan todo de algarabía. Me gusta pensar que cada vez que recibo el sacramento de la reconciliación hay una fiesta similar en el cielo, que se alegra por mi nueva entrada en el corazón del Padre amoroso, del que me había alejado con mis egoísmos y cerrazones. 

Cuando caigo, ¿me recreo en el dolor por mi pecado o en la alegría por el perdón recibido? ¿Confío ciegamente en la Misericordia de Dios? ¿Le temo hasta abandonar la confianza en su amor eterno?

¿Soy capaz de sentir la alegría y el alboroto de los ángeles cada vez que vuelvo abrazo del Padre?

Señor, que nunca desespere de tu misericordia. Que mis ojos puedan contemplar la luz de tu mirada y la calidez de tu rostro. Que no me canse de levantarme, animado por el gozo incesante de la Iglesia del Cielo. Amén.

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