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¿Eres un árbol que anda? - Acompasando

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A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, Jesús y los discípulos llegaron a Betsaida. Le trajeron un ciego pidiéndole que lo tocase. Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?» Empezó a distinguir y dijo: «Veo hombres, me parecen árboles, pero andan.» Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró; estaba curado, y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a casa diciéndole: «No se lo digas a nadie en el pueblo.»

Mc 8, 22-26

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Para los profetas, “abrir los ojos de los ciegos” equivale a liberarlos de la opresión. Así que aquí, lo que hace Jesús es liberar al ciego de la opresión que ejerce “su aldea” sometida al poder de la ley judía según la cual, este ciego, era un maldito, un despreciado por Dios y las gentes de bien.

Lo curioso de pasaje es que, tras aplicarle saliva en los ojos, el ciego empieza a apreciar la verdad: sus vecinos, más que personas con capacidad de comprensión y compasión, son como árboles que andan, o sea, unas criaturas que no sienten ni padecen.

Yo también puedo acabar siendo un árbol que anda. Esto ocurre cuando aparto mi mirada de los mendigos que duermen en cartones o cuando me acabo creyendo que los que cruzan el mar en pateras vienen aquí sólo para conseguir dinero y salud por la cara. Soy un árbol cuando me da igual conocer el número de víctimas que padecen todo tipo de desgracias en países subdesarrollados en los que una vida no cuenta nada.

Así que, al final del día, párate un momento a considerar si has vivido tu jornada como un árbol que anda o como una persona que observa y se da cuenta de lo que le rodea. ¿Qué tipos de sufrimiento he contemplado hoy? ¿Qué gestos de salvación he podido hacer o he podido contemplar?

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