A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: “Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tu haces si Dios no está con él”. Jesús le contesto: “Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios”. Nicodemo le pregunta: “¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?” Jesús le contesto: “Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”

Jn. 3, 1-8

Muchas veces, ese es también nuestro convencimiento: esto no es posible, no tiene lógica, no es racional… ¿cómo uno, ya mayor, va a nacer de nuevo?

Pero, Jesús está totalmente convencido de que eso, no solo es posible, sino indispensable. ¿De qué nacimiento nos habla? Nacer de nuevo significa creer en El, fiarse de Él, seguirle, “dejarse hacer” criatura nueva.

Nacer del agua y del Espíritu… El Espíritu que “nos habita”, y por lo mismo, nos acompaña, nos custodia, nos conduce, en el día y la noche, en la luz y en la oscuridad, en la alegría y en el llanto, en el éxito y el fracaso… SI NOS DEJAMOS CONDUCIR POR EL dador de vida, renovador, transformador… nos identifica con el Hijo, nos hace hermanos, nos lleva al reino.

En Él, nacemos de nuevo, con otra mirada, otros sentimientos, otras actitudes, otros deseos, otros sueños, otra libertad.

¡Vivamos el “vértigo” de dejarnos conducir! 

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