A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel momento, se acercaron los discípulos de Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más importante en el reino de los cielos? Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños."

Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

El Señor lo tiene superfácil con los “pequeños” para hacer su obra maravillosa, para sembrar la realidad con semillas de Reino y hacer crecer su sueño de fraternidad, de gran familia. Con los pequeños: con los que acogen todo como un don, se saben necesitados de ayuda, perdón y amor, y van por la vida con la sencillez y humildad por delante, sin hacerse notar… con esa gente Dios puede hacer filigranas. (Basta repasar el santoral y mirar a los que Francisco llama “santos de la puerta de al lado”).

Por eso el Señor, se pone serio, y nos lanza esta advertencia: ‘cuidadín’ con despreciar o subestimar a uno de estos pequeños.

Y es que el Señor lo tiene algo más ‘crudo’ con algunos de nosotros que nos creemos algo, que nos autocomplacemos en nuestras capacidades, que nos hemos encaramado a eso de ser competente autoridad en la comunidad.

Necesitamos con urgencia: pedirle al Señor que salga a buscarnos, porque andamos perdidos; suplicar la gracia de hacernos como niños, para cambiar de enfoque, perspectiva y disposición; y entonar un himno de inmensa gratitud por cada pequeño de nuestra comunidad. 

Todo, para no volver ya nunca más a la pregunta mal planteada: ¿quién es el más importante?

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