A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla? Quien se avergüence de mí y de mis palabras, en esta generación descreída y malvada, también el Hijo del hombre se avergonzará de él, cuando venga con la gloria de su Padre entre los santos ángeles.» Y añadió: «Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar el reino de Dios en toda su potencia.»

Mc 8,34-9,1

Claret entendió muy bien este pasaje. No sólo lo comprendió, sino que lo convirtió en un principio vital que marcaría su existencia. De joven, sintió la llamada a la búsqueda del éxito y pidió a su padre que lo llevase a Barcelona a aprender sobre la fabricación de telas. Y le fue realmente bien, tenía un futuro realmente prometedor. Pero algo no marchaba bien en su interior, su fe se estaba enfriando y las grandes aspiraciones del mundo le dejaban también frío. Y, en medio de este revuelo, mientras oía la santa Misa, se acordó de este Evangelio: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?

¿Qué trayectoria está llevando mi vida? ¿Qué valores la orientan? ¿Busco la riqueza, la fama y el poder? ¿O, por el contrario, busco en todo amar y servir para llegar a ser una persona autorrealizada?

No son preguntas tontas. Todos tenemos la capacidad de malograr nuestra vida. Sólo abriéndonos a la gracia de Dios y a su perdón incondicional, podremos salvar nuestra alma.

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