La pandemia del corazón

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En aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. Le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados.» Algunos de los escribas se dijeron: «Éste blasfema.» Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis mal? ¿Qué es más fácil decir: "Tus pecados están perdonados", o decir: "Levántate y anda"? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.» Dijo, dirigiéndose al paralítico: «Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa."» Se puso en pie, y se fue a su casa. Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.

Mateo 9,1-8

En el evangelio de hoy Jesús muestra su preocupación por nuestros pecados. Él nos perdona. Y después, si es necesario, cura también nuestras enfermedades. 

Tantas veces nosotros buscamos lo inmediato (la salud del cuerpo) olvidando lo esencial (la salud del corazón y del espíritu). ¿Te imaginas que viésemos con la misma preocupación la enfermedad del alma que la enfermedad del cuerpo? 

Una sociedad entera se ha paralizado durante el confinamiento para salvarnos de la enfermedad. Todos hemos sido conscientes de la necesidad de hacerlo. ¿Te imaginas que fuésemos conscientes de igual manera de la necesidad que todos tenemos de sentirnos sanos y libres espiritualmente? ¡Cuánto cambiaría nuestro mundo! ¡Cuánta alegría en cada rostro y en cada corazón!

¿Hago examen de conciencia para ver qué puedo mejorar en mí?

¿Vivo el pecado como un peso insalvable o como una oportunidad de mejora? ¿Acudo al sacramento de la reconciliación sabiendo que es fuente de sanación interior?

Señor, ayúdame a levantarme de mis caídas. Dame la fuerza para abrirte mi corazón. Que pueda dar testimonio de la alegría y de la paz de tu Reino.

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