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En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: -«Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Jn. 3, 13-17

La historia de la salvación se vive desde abajo, con corazón abierto para acoger la vida y levantar la dignidad de aquellos que hemos descartado, por su color, enfermedad, migración, género y condición social.

Redimir al mundo no es romanticismo, es una realidad que nos exige salir, compartir la vida desde dentro y desde abajo. ¡Así amó Dios al mundo! Mostrando su rostro, sus actitudes, mirando con ternura, débil frente al necesitado y libre ante los poderes del mundo. 

¿Cómo esta nuestro “adentro”? ¿Podemos bajar y dejarnos ver, para que el mundo crea y se Salve?

 

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