«Lágrimas que claman y calman»

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En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: – ¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.

Lucas 19,41-44

¿Cuántas veces has roto a llorar de pura impotencia, cansancio, desánimo? No lo podemos controlar, tan solo el cuerpo pide una pausa a nivel de agobio con el que ya no puedes más. Entonces, surge el remedio. Dicen que las lágrimas tienen el poder de calmar nuestro interior. Como si se tratasen de un bálsamo natural para ver con mayor claridad y objetivar la realidad de un modo más pausado.

Esta semana nos está acompañando un Jesús conmovido por la falta de respuesta de aquellos a los que es enviado. Conmovido, irritado… hasta el llanto. Las lágrimas de Jesús denuncian la situación de su pueblo y anuncian que están perdiendo la oportunidad de encontrar su paz. La auténtica, la verdadera. 

Hoy puede ser un buen día para que te imagines delante de este Jesús abatido pero sugerente. Quizá de sus labios brote la denuncia y el anuncio que hoy tu vida necesita escuchar. Respira, imagina, contémplale… ¿qué te dice? Agradece que Él siempre viene y calma.

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