A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.»

Mt 16, 13-19

¡Qué gracioso! Si en Marcos (Mc 8, 27-33) leemos que Jesús se enfada con Pedro identificándolo con el mismísimo satanás, aquí, en Mateo, Jesús, lo pone por las nubes y lo nombra “papa” de toda la catolicidad. Pues mira, lo que se me ocurre comentar es que, lo diga el papa o el mismo san Pedro, la verdad o mentira de sus palabras no va a depender de quién lo diga, sino desde dónde lo diga.

Cuando san Pedro dice que Jesús no tiene que morir y que hay que defender su causa con el poder de las armas si es preciso, está hablando el mismo diablo. Cuando san Pedro afirma que Jesús es el Hijo del Dios vivo, del Dios que perdona al hijo pródigo, está hablando el mismo Espíritu santo.

Lo mismo nos pasa a nosotros: cuando nos abruman los afectos desordenados, los apegos, nos alejamos de la verdad y cuando nos llenamos del buen espíritu, nos inunda la paz y la alegría. Debe de ser como el ying y el yang, somos seres contradictorios, llevamos un tesoro en vasijas de barro.

A lo largo del día de hoy, pide a Jesús que te acerque al Dios vivo. Siente su presencia dentro de ti, como un arroyo de agua viva que calma tu sed y sacia tus deseos más profundos.

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