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Un sábado, Jesús atravesaba un sembrado; sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas con las manos, se comían el grano. Unos fariseos les preguntaron: «¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?» Jesús les replicó: «¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios, tomó los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y les dio a sus compañeros.» Y añadió: «El Hijo del hombre es señor del sábado.»

Lc 6, 1-5

Seguir a Jesús conlleva el riesgo de parecer un «espectáculo público» (1Cor 4, 9), puede poner a cualquiera en el punto de mira, como les pasa a los discípulos en el Evangelio de hoy. Aunque en el fondo desenmascara esas miradas y voces que parecieran estar al acecho, esperando a ver por dónde sacar pegas a su forma de actuar, de comer, de hacer.

Por el contrario, vivir según el Espíritu de Jesús es liberador, clarifica, ayuda a poner cada cosa en su lugar, capacita para interpretar toda “ley” y llegar a captar su sentido. Quizá por eso no encaje bien con los legalismos.

Ojalá nuestras voces y nuestras miradas sean cada vez menos “fariseas” y se vayan pareciendo más a las de Jesús: liberando y poniendo en el centro de toda norma lo que ocupa el centro y el actuar de Dios: la persona

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