No se puede servir a dos señores

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En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Desde el cementerio, dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. Y le dijeron a gritos: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?» Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando. Los demonios le rogaron: «Si nos echas, mándanos a la piara.» Jesús les dijo: «Id.» Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua. Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.

Mateo 8,28-34

Curiosa paradoja la del evangelio de hoy: Jesús echó los demonios ¡y los habitantes de la zona echaron a Jesús! La gente de aquella tierra no supo ver que dos personas atormentadas habían sido liberadas. Vio simplemente que una piara entera murió por causa de ello.  

Cuántas veces Jesús nos resulta incómodo, porque rompe con el “status quo”, con nuestras comodidades, con nuestros privilegios… 

En estos tiempos de pandemia, en la que tantos gobiernos prefieren salvar la economía a salvar vidas humanas, este evangelio resuena con una fuerza especial. Ante esta disyuntiva se nos pide tomar partido.

¿De qué maneras concretas muestro con mi manera de vivir la preocupación por la dignidad de todas las personas?

¿Soy capaz de renunciar a mis comodidades en bien de los otros? ¿Descubro en mi prójimo la presencia de Dios?

Señor, que sea de los que se alegran contigo por la sanación de los que tú amas. Que no sea como los soberbios, que únicamente tienen ojos para contemplarse a sí mismos. Que sea del grupo de “los de corazón puro”, porque ellos verán a Dios.

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