NUNCA TIRES LA TOALLA

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En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.» Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?" Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas."»

Lucas 13,1-9

Sabemos bien que eso de compararnos con otros no funciona. Desde pequeñitos nos dicen (si hemos tenido suerte) que todos somos distintos y valiosos, que no hay que compararse sino crecer y mejorar respecto de uno mismo,… Y sin embargo, con frecuencia “necesitamos” decirnos a nosotros mismos si somos mejores o peores que el de al lado, si merecíamos menor castigo o mayor recompensa que el otro. 

Jesús dedica muchos momentos para que aprendamos esto: los trabajadores contratados a última hora que cobran lo mismo que los primeros, Pedro en Tiberíades diciendo a Jesús que por qué viene Juan detrás de ellos… El Evangelio de hoy une esta llamada a otro toque de atención: no juzgues, no compares, pero, además, no tires nunca la toalla ni contigo ni con los otros. 

Desconocemos nuestros propios resortes: ¡cuántas veces he creído que no era capaz de cambiar de actitud en una situación y cuando ya me había dado por vencida, algo de mí por dentro hace “click”! ¡Cuántas veces hemos disculpado y esperado a quien más queremos, una y otra vez, porque el cambio no llegaba pero el amor nos decía: espera, espera…! 

Somos afortunados si alguien nos quiere tanto como para no dejar de esperar que en algún momento, contra todo pronóstico, vamos a dar fruto. Somos afortunados si no tiramos la toalla con nosotros mismos y nuestras sequedades y torpezas. Somos afortunados si sabemos mirar a los demás de tal manera que sepamos que nosotros no somos quién para decidir cuándo cortar ningún árbol… aparentemente seco.

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