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En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos: «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.” Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.” Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»

SAN LUCAS (11,5-13)

“Habla japonés como un nativo en cuatro meses”, “Pincha en el enlace y descarga los archivos instantáneamente”, “Haz tu pedido y lo recibirás en la próxima hora”…

Todo es exprés. Vivimos en la inmediatez, en “esto quiero y lo quiero ya”. Incluso las relaciones personales están cambiando. Encontrar amigos o pareja es también a menudo cuestión de hacer “clic” en una aplicación. Ya nos conoceremos mejor si llega el caso, ya se verá… Lo que importa es que hoy mismo podemos quedar. ¿Para qué esperar a tratarnos, descubrir afinidades, compartir, profundizar…? 

En esta vorágine de lo urgente buscamos minimizar trabajo, energía y tiempo para alcanzar lo deseado.

Orar, sin embargo, es hablar con Dios sin precipitación, es una relación que se cultiva despacito. Es frecuentar a un padre, a un amigo leal, llamando muchas veces a su puerta para conversar, agradecer o pedir. Es saborear los encuentros fortaleciendo día tras día los lazos y la confianza. 

Atento a nuestras necesidades, no nos fallará. Sólo pongámonos en sus manos y pidamos con fe. En la certeza de ser escuchados, con la insistencia que haga falta, sabiéndonos hijos amados. Con constancia, con los cinco sentidos a punto y el alma despierta para recibir respuesta. Llegará, siempre llega, aunque a veces no por la vía ni en la forma que exactamente esperamos.

Con perseverancia y fe, sumando a los ruegos nuestro esfuerzo, pedid y se os dará. ¡Muchos amenes al cielo llegan!

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