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Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: "Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos." Éste es el que anunció el profeta Isaías diciendo: "Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos." Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: "¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: "Abrahán es nuestro padre", pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga."

Mateo 3, 1-12

El ermitaño en la oración oyó claramente la voz de Dios. Le anunciaba una visita y le invitaba a acudir a un encuentro especial con Él el atardecer del día siguiente, en la cima de una montaña cercana.

Se levantó temprano y observó el sendero que llevaba hasta la cima del cerro y pensó: “¡qué montón de árboles y de piedras! ¿Cómo va a llegar el Señor hasta ahí? Sin duda tendrá un gran coche, o un helicóptero, pero el camino es impracticable, y el lugar totalmente inaccesible…”. Entonces cogió sus herramientas y se puso manos a la obra: el pico para romper las piedras grandes, el rastrillo para allanar, la pala para liberar el camino, el hacha para cortar plantas y ramas…

Iba así trabajando el ermitaño por el camino, cuando se encontró a varios campesinos ocupados en intentar controlar y apagar un incendio declarado en el bosque cercano, que amenazaba las cosechas y hasta las propias casas de los habitantes. Reclamaron su ayuda porque todos los brazos eran pocos. Sintió la angustia de la situación y el no poder detenerse a ayudarles. No podía faltar a la cita, y menos dejar de preparar la llegada de Dios. Así que con una oración para que el Señor les socorriera, apresuró el paso ya que había que dar un rodeo a causa del fuego. Tras ardua ascensión y su duro trabajo, llegó a la cima de la montaña, jadeante por la fatiga y la emoción. El sol comenzaba su ocaso; llegaba puntual por lo que dio gracias al cielo en su corazón. 

Anhelante esperó, mirando en todas las direcciones. El Señor no aparecía por ninguna parte. Por fin descubrió, visible sobre una roca, algo escrito: “Dispénsame, estoy ocupado ayudando a los que sofocan el incendio”. Entonces comprendió dónde debía encontrarse con Dios.

Para que Dios llegue a mí, para que Dios llegue a mi mundo…

  • ¿cuáles son los obstáculos (rocas, un árbol caído, un charco…) que tengo que quitar del camino?
  • ¿qué cosas tengo que allanar con el pico: rectificar, dulcificar…?

¿qué cosas tengo que poner (señales, asfalto, aceras…)?

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