A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Se quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo, y se puso a gritar a voces: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.» Jesús le intimó: «¡Cierra la boca y sal!» El demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño. Todos comentaban estupefactos: «¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.» Noticias de él iban llegando a todos los lugares de la comarca.

Lc 4, 31-37

«¿Qué tiene su palabra?» 

Es una pregunta que cada uno podemos responder personalmente. No siempre podemos comprenderla ni la percibimos con hondura… pero cuando sucede, no nos deja igual: conmueve, levanta, moviliza, nos compromete, nos cambia.   

Su Palabra no es solo palabra. Jesús habla y se pronuncia con todo su ser. Y no olvidemos que con su ser nos muestra quiénes y cómo podemos ser nosotros. Por eso, fijándonos en Él, cabría también preguntarnos por mis palabras ¿qué tienen? ¿Cómo me pronuncio? ¿Qué dice mi vida? ¿Qué calla?

Cuando lo que pronunciamos va en sintonía con su Palabra, los efectos llegan a asemejarse: liberamos y no manipulamos, expulsamos el mal, conmovemos, levantamos, construimos.

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