A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

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A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella. A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan». Y le dijeron: «Ninguno de tus parientes se llama así». Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.

Lucas 1,57-66

¿Qué soy yo? Me lo pregunto e intento responderme. Es vital tener el máximo de conciencia de ¿qué soy? y ¿Quién soy?

Si no lo sé, ¿qué frutos podré dar? Llegar al núcleo de nuestro Ser a través del silencio, no olvidemos que es un lenguaje de Dios, o a través de la contemplación, del estar con nosotros mismos, sin prisas, sin pensamientos, sin deseos. Estar, simplemente estar. Es bueno que en estos días lo practiquemos en diferentes momentos. Darnos tiempo para la soledad, aunque nunca estemos solos, nos vitalizará. Si somos capaces de hacerlo de forma habitual veremos cambiar nuestras vidas pues el Señor está con nosotros.

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