«¡Que viene, que viene! ¡Chis, chis!»

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En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: «Pasa Jesús Nazareno.» Entonces gritó: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» Él dijo: «Señor, que vea otra vez.» Jesús le contestó: «Recobra la vista, tu fe te ha curado.» En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.

«¡Que viene, que viene! Chis, chis, ¡que viene, que viene!» ¿Cuántas veces has cantado esto de pequeño? Una sensación de emoción recorre el cuerpo, una emoción de que algo va a ocurrir y que finaliza con un aplauso enérgico… ¡porque por fin ha venido! Esa es la emoción, aun más honda, tuvo que sentir el ciego de Jericó.

Aunque pasen desapercibidos, quiero invitarte a fijarte en la gente que le anuncian al ciego que «pasa Jesús Nazareno». Ellos son como esa cancioncilla que nos emociona de pequeños cuando empieza algo especial, como esa música de fondo de las películas que prepara tus emociones para pasar a una escena importante y fundamental.

Sin esa melodía de fondo el encuentro no sería el mismo… ¡y qué importante son los pequeños detalles que colaboran para que el encuentro sea aún más bello! Quizá hoy puedas proponerte y disponerte para ser como esa música que anuncia que pasa Jesús Nazareno. Esa música que todos necesitamos para recordarnos que Él siempre pasa por nuestro lado. Sólo Dios sabe qué ‘ciegos’ tienes cerca y que te necesitan para ser curados… ¡anuncia que viene! Él ya se encarga del resto. 

 

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