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En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: "¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida".

Lucas 19, 41-44

Jesús lloró porque le duele contemplar a su pueblo que no sabe lo que le conduce a la paz.

Le puede pasar a un padre a una madre ante la desgracia de un hijo que nunca levanta cabeza. Porque no ha querido escuchar, obedecer los buenos deseos, consejos de los que le quieren y le aman de verdad. Y esos padres sin duda sufren tienen un dolor profundo en su corazón en su mirada que no pueden disimular nunca, en el fondo experimentan un cierto fracaso. 

He escuchado a varios lamentarse y decir: ¿Qué mal hice yo? ¿qué estoy pagando con mi hijo? Esta es la misma experiencia de Jesús que ha predicado tantas veces, el amor de Dios a la humanidad. Jesús mira el destino de estos hijos de Jerusalén que viven sin ver la luz, sin saber a qué les va conduciendo sus actitudes, desperdician su tiempo y no disfrutan de este don sagrado que Dios regala. Si supieran lo que les conduce a la felicidad cambiarían de estilos de vida, trabajar para ir pasando, vivir solo por vivir, malgastando su vida joven, sin disfrutar de sus talentos de los pequeños encuentros de amistad de cercanía, de cariño de servicio. 

Dale gracias a Dios por las personas que te orientan, que te aman con sus sabios consejos, empezando por tus padres, amigos, parientes. Y cambia de rumbo… no hay tiempo que perder… no sea que después llores, te lamentes y sea muy tarde…

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