¿Tanto? Más…

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En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Juan 3,13-17

Por amor se abajó. Por amor descendió a lo más bajo de nuestra condición. Por amor se puso a nuestros pies y nos lavó con ternura. Por amor se entregó sin guardarse, sin retener nada. Por amor nos lo entregó todo. No nos amó de broma. Le costó ser levantado en cruz. 

El Padre mantiene la oferta de vida abierta, hoy también, para ti, para mí, para toda la humanidad.

Acoger este misterio es abrirse a la luz, es nacer de nuevo, es caminar en la fe. A nuestro “Nicodemo” interior le cuesta entender, abrirse, acoger…

Danos, Señor, aprender a leer la cruz, a descifrar su inscripción, a hacer nuestro su canto: “nadie tiene amor mayor que el que da la vida”… y, desde ahí, juzgar y desenmascarar las ofertas que están en el mercado actual para caminar por la vida.

Bendito amor crucificado.

 

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